En la Conferencia Mundial “Educación para Todos”, convocada por la UNESCO en Jomtien en 1990, ya se afirmaba con claridad una idea que hoy sigue siendo profundamente transformadora: “la educación comienza con el nacimiento”. Aquella declaración abrió un camino que muchas organizaciones y profesionales de la educación han defendido desde entonces, convencidas de que los primeros años de vida no son una etapa preparatoria, sino el núcleo mismo del desarrollo humano.
Décadas más tarde, esta visión se ha visto reforzada por la evidencia científica y por el compromiso internacional. En distintas cumbres globales, incluida la del G20 en Argentina, se subrayó la importancia decisiva de los primeros 1.000 días de vida, un periodo en el que el cerebro humano alcanza un ritmo de desarrollo sin precedentes.
Hoy sabemos, gracias a la neurociencia, que en esta etapa se establecen hasta el 90% de las conexiones neuronales que sostendrán el aprendizaje, las emociones y las relaciones a lo largo de toda la vida.
La ciencia educativa y organismos internacionales como la UNESCO y el World Bank coinciden en un mensaje claro: una educación infantil de calidad no solo mejora el rendimiento escolar futuro, sino que tiene un impacto directo en la salud, la equidad social y las oportunidades de vida. De hecho, estudios económicos como los del premio Nobel James Heckman muestran que la inversión en educación temprana puede generar retornos sociales de entre 7 y 13 euros por cada euro invertido, especialmente cuando se centra en la calidad de las interacciones, el afecto y la estimulación temprana.
En este contexto, la expansión de la escolarización de los niños y niñas de 0 a 3 años —impulsada en parte por fondos y estrategias de la Unión Europea— representa una oportunidad histórica. Sin embargo, este crecimiento debe ir acompañado de una reflexión profunda: no basta con ampliar la cobertura, es imprescindible garantizar la calidad pedagógica. La educación en esta etapa no puede reducirse a una respuesta a la conciliación familiar, sino que debe situar en el centro a la infancia, sus necesidades, su bienestar y su desarrollo integral.
La atención y educación en la primera infancia no es una preparación para la escuela primaria. Es, en sí misma, una etapa educativa con identidad propia, decisiva para sentar las bases del bienestar emocional, la autonomía, la curiosidad y el deseo de aprender a lo largo de toda la vida.
Finalmente, conviene recordar el espíritu del preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos del Niño, que afirma que “la humanidad debe al niño lo mejor que puede darle”, y que el interés superior del niño debe ser el principio rector de toda acción educativa. Esta jornada de formación es, precisamente, una invitación a renovar ese compromiso: mirar a la infancia como protagonista, y a nosotros, los educadores, como acompañantes privilegiados de sus primeros descubrimientos sobre el mundo.
Estos motivos nos llevan a organizar en la ciudad de SEVILLA la Jornada AMEI-WAECE “EL ARTE DE EDUCAR CON TERNURA en el primer ciclo de la educación infantil" que tendrá lugar en la Fundación Valentín de Madariaga, Avda. de María Luisa s/n (41013 Sevilla) el sábado 17 de octubre 2026, donde queremos hacer un llamamiento a la sociedad en general, para que cambien su concepción acerca del valor educativo del primer ciclo, a la vez que, como siempre a lo largo de nuestra historia, queremos continuar con nuestro objetivo primordial que no es otro que dotar a los docentes de estrategias que les ayuden a optimizar su labor educativa.
La cuota de inscripción incluye la comida, creando un espacio ideal para el intercambio de experiencias, la convivencia y el fortalecimiento de vínculos entre los participantes.
Porque sabemos que el tramo educativo de 0 a 3 años no es un simple espacio de cuidado, sino la base sobre la que se construye todo el sistema educativo. Es en estos primeros años donde se desarrollan las capacidades emocionales, cognitivas y sociales que marcarán el futuro de cada niño y niña. Ignorar su importancia es debilitar los cimientos de toda la educación.
Por eso, el 0-3 merece ser tratado con el respeto, la inversión y el reconocimiento que le corresponde. Profesionales bien valorados, recursos adecuados y políticas comprometidas no son un lujo, sino una necesidad. Si de verdad queremos una educación de calidad, debemos empezar por dignificar y fortalecer aquello que la sostiene desde el principio. |